enero 01, 2017

Tesoro Prestado




Gané mi primera pelea cuando tenía once años, y he estado lanzando golpes desde entonces. La lucha es pura, verdadera, la cosa más elemental que hay. Algunas personas describen el cielo como un mar de color blanco interminable. Dónde coros cantan y seres queridos esperan. 
Pero para mí, el cielo era otra cosa. 
Sonaba como la campana en el inicio de una ronda, sabía cómo adrenalina, quemaba como el sudor en mis ojos y el fuego en mi vientre. Se veía como los desenfocados gritos de la multitud y un rival que quería mi sangre.
Para mí, el cielo era el octágono.
Hasta que conocí a Millie, y el cielo se convirtió en algo diferente. Yo me convertí en algo diferente. Sabía que la amaba cuando la vi de pie inmóvil en medio de una habitación llena de gente, personas moviéndose, zumbando, deslizándose a su alrededor, su postura de bailarina firme, su barbilla alta, con las manos sueltas a los lados. Nadie parecía verla en absoluto, a excepción de los pocos que la apretaban al pasarla, lanzando miradas exasperadas a su rostro serio. Cuando se dieron cuenta que ella no era normal, se alejaron. ¿Por qué era que nadie la vio, sin embargo, ella fue lo primero que yo vi? Si el cielo era el octágono, entonces ella era mi ángel en el centro de todo, la chica con el poder de derribarme y levantarme de nuevo. La chica por la que yo quería luchar, la chica que quería reclamar. La chica que me enseñó que a veces los más grandes héroes quedan olvidados y las batallas más importantes son las que creemos que no podemos ganar.

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